Te propongo una pregunta incomoda para este mes.

Dr. Paco Paz. Desarrollo Humano, Profesional y Espiritual/ CEO & Founder-Work In Love
Septiembre te pone sentimental. Sacas la bandera del clóset, ensayas el grito, discutes con pasión si el pozole lleva lechuga o col y te declaras, con toda el alma, orgullosamente mexicano. Y en medio de tanto orgullo casi nunca te haces la pregunta más interesante: ¿qué clase de mexicano eres de lunes a viernes, a las nueve de la mañana, frente a la computadora?
Hace años cayó en mis manos un libro que me incomodó de verdad: Psicología del mexicano en el trabajo, de Mauro Rodríguez Estrada. Lo subrayé con una mezcla de risa y vergüenza, porque en cada página me reconocía a mí o reconocía a mi jefe. Desde entonces han pasado veinte años de consultorio y de organizaciones, y te confieso algo: casi todo lo que ahí leí lo sigo viendo, sentado frente a directores brillantes que no logran que su equipo les diga la verdad.
Así que esto no es una reseña. Es lo que yo pienso, después de mucho tiempo mirándonos trabajar.
«Sí, sí, mañana te lo mando»
Creo que nuestro gran problema no es la impuntualidad. Es que no aprendimos a decir que no sin sentir que traicionamos a alguien. Decir «no puedo» se te vuelve un riesgo afectivo, entonces dices que sí y después administras el silencio: el correo que no contestas, la llamada que no entra, el pendiente que se convierte en leyenda. El resultado lo conoces: la junta termina con todos de acuerdo y la semana termina sin nada resuelto. Y lo que no se dijo en la sala se dice completito en el pasillo. A mí me parece que ahí, en esa distancia entre la sala y el pasillo, se pierde la mayor parte de la productividad de este país.
El «ahí se va» y el ingenio que nos salva
Te voy a decir algo que no siempre cae bien: hemos romantizado demasiado la improvisación. Le llamamos ingenio a lo que muchas veces es descuido con carisma. Sí, somos extraordinarios resolviendo un evento en cuatro horas, y sí, es un talento real. Pero es el mismo músculo que nos impide construir un proceso que dure cuatro años. Lo he visto mil veces: aplaudimos de pie a quien apaga el incendio y nunca preguntamos quién dejó la vela prendida.
El jefe como papá (y como culpable)
Nuestra relación con la autoridad es profundamente familiar. Esperas que tu jefe resuelva, proteja, perdone y, de preferencia, adivine. Y cuando no lo hace, tu reclamo tiene menos tono de colaborador adulto que de hijo dolido. Mi opinión: el paternalismo es cómodo para los dos lados, por eso dura tanto. Al jefe le da poder y a ti te ahorra responsabilidad. Mientras la autoridad se viva como figura paterna, la culpa siempre será de alguien más, y un equipo donde la culpa siempre es de alguien más no madura nunca.
La desconfianza entre iguales
Este es, para mí, el más doloroso de todos. Le crees a lo que viene de fuera —la marca importada, el método extranjero, el experto que llegó de lejos— y desconfías del compañero que se sienta a tu lado. Te cuesta creerle al otro mexicano precisamente porque se parece demasiado a ti. Así, el equipo deja de ser un lugar donde puedes descansar y se convierte en un lugar donde hay que cuidarse. Y cuidarse cansa. Cansa mucho más que trabajar.
Y sin embargo, aquí seguimos
No quiero dejarte con una lista de defectos, entre otras cosas porque no lo creo justo. El mismo pueblo que disimula es el que llega primero con una pala cuando tiembla. La misma calidez que a veces te impide decir la verdad es la que hace que un cliente extranjero se vaya diciendo que en ningún lado lo trataron así. Tenemos humor para sobrevivir a lo insobrevivible y una capacidad de fiesta que no es frivolidad: es una manera muy nuestra de seguir de pie.
Lo que yo creo que sigue
Desde donde miro, que es la psicoterapia Gestalt, nada de esto es un defecto de carácter. Son ajustes creativos: formas que alguien encontró, en algún momento de nuestra historia, para sobrevivir en un entorno donde decir la verdad salía carísimo. El problema no es que hayan existido; es que los sigues usando en contextos donde ya no hacen falta. Cuando acompañamos procesos de desarrollo con equipos, lo primero que aparece casi nunca es una falta de capacidad técnica: es un grupo de adultos muy competentes que aprendieron a no decirse las cosas.
Y eso se puede desaprender. No con un discurso motivacional ni con una playera del logo, sino con las conversaciones que casi nunca tienes: la que aclara un malentendido de hace tres años, la que reconoce en voz alta, la que dice «así no» sin romper el vínculo. Creo, honestamente, que ahí está nuestra mayor reserva de talento sin explotar.
Este septiembre, además del grito, te propongo otro ritual patrio: en tu próxima junta, cuando estés a punto de decir «sí» sin estar convencido, detente un segundo y di lo que de verdad piensas. Con respeto, con cariño, pero dilo. Es un acto pequeño y, te lo aseguro, profundamente revolucionario.
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